La noche se cerraba cada vez mas, las estrellas se ocultaban en la fría bruma y su rostro era mas hermoso a cada momento, pocas veces había visto una mujer tan Hermosa, tan seductora, tan tentadoramente bella, no podía hacer mas que dejarme llevar por su mirada llena de deseo, por su pálida piel brillando en tonos de luna. Era su inofensiva presa en la mitad de la calle. Se acerco a mí sin dar un paso, parecía flotar por encima de la inmundicia de la ciudad. Yo me convertí en el cordero inmóvil a sacrificar por ella. Sin tocarme me envolvió entre su frío cuerpo, su aliento se enterró en mi piel y solo pude quedarme ahí con el amor en el corazón y mi cuello saciando su sed.
Arturo Lizarraga Osorio
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