En los últimos días he visitado muchos supermercados debido a mi trabajo, y en todos ellos he encontrado un factor en común, poco observado y tal vez sin importancia alguna. Para muchas personas quizá signifique una tontería, sin embargo, es un factor que altera nuestra interacción y nuestros procesos de socialización.
Dentro de una de muchas estrategias de venta, las cadenas de supermercado venden tortillas y pan, tal vez, esto no tiene nada de malo y la verdad es que no lo tiene. Lo importante es que venden las tortillas y el pan a la mitad de precio que en lo que se encuentran en las tortillerías o en las panaderías. Es decir si un kilo de tortillas tiene un costo entre ocho y diez pesos en las tortillerías, en un supermercado su precio varia entre cuatro y cinco pesos, dependiendo de la cadena en la cual las compremos. De igual manera sucede con el pan.
Las cadenas de supermercado realizan este proceso como una estrategia para generar una compra mayor, es decir, si uno va por un kilo de tortillas regularmente compra alguna otra cosa en el camino, como un refresco, una golosina o inclusive algo que se necesite en el hogar. Vuelvo a repetir esto no tiene nada de malo, todos tenemos derecho a consumir como mejor nos acomode y como mejor nos convenga.
Mas, estas estrategias, poco a poco van mermando a los locales que se dedicaban a la venta de este tipo de insumos de tal suerte que poco a poco la gente deja de ir a la tortillería o a la panadería y comienza a ir al supermercado a adquirir dichos bienes. De tal forma que uno entra a la tienda toma el bien, se encamina a la caja, toma alguna otra cosa y se forma en la línea de la caja para pagar, sin pronunciar palabra alguna. Totalmente ajeno al prójimo he incluso a ajeno al entorno mismo. Es más, si descubrimos que existe una caja rápida, nos formamos en ella para salir lo antes posible.
Antes estas pequeñas acciones implicaban todo un rito y toda una forma de ser de la gente, uno iba a la tortillería de Don Juan a comprar medio kilo de tortilla, se formaba en la línea y uno reconocía vecinos y amigos en la línea, se platicaba y se comentaban las incidencias de la colonia. A determinada hora era común ver a las empleadas domesticas y a los albañiles cruzando miradas en un rito singular de cortejo el cual se completaba en las tardes en la panadería de Don Pepe y si en este juego tan popular de ir a comprar las tortillas y el pan las miradas eran mutuas se daba comienzo a un romance.
Ahora todo es distinto la gente simplemente entra y sale del supermercado tan a prisa que con dificultad se dan tiempo de preguntarle a la cajera el total de la cuenta. Yo recuerdo cuantas veces de niño me toco que me mandaran con mis primos a comprar el pan o las tortillas, de los taquitos de sal en la espera de que nos despacharan, de las gelatinas con soldaditos de premio por haber realizado el encargo. De los vecinos y amigos que nos encontrábamos en el proceso, de las veces que nos regaño mi abuela por habernos tardado a causa de quedarnos platicando con alguien, más de la cuenta.
Hoy veo a mis primos menores inmersos las 24hrs. Del día en la computadora, incapaces de salir a realizar estas simple tareas porque están pendientes de la descarga de un archivo o porque están chateando con alguien. Cada día nos individualizamos más, y nuestra convivencia con el prójimo es cada día más distante. No culpo a las cadenas de supermercado por vender pan y tortillas. Simplemente apelo a su reflexión para no dejarnos perder en una cadena ascendente de aislamiento social. Procuremos platicar con la gente, con los que nos rodean y dejemos de ser ajenos a nuestro entorno.
Arturo Lizarraga Osorio
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