jueves, 13 de agosto de 2009

OLI

Profundamente perdido
En la mitad de la música
Solo tu sonrisa me rescata,
Tus brazos
Que se amarran a mi cuerpo,
Tus ojos
Que se enredan en mi espíritu.

Busco la lógica
En ecuaciones
Y las matemáticas
Son un residuo poco probable
Cuando te ganas
Cada centésima de mi ser
A pequeños bocados de inteligencia
Y de cariño.

Cada amanecer
Es una nueva aventura,
Cada segundo
Es un motivo más de orgullo
Y puedo tocar lo imposible
Mirándote
Y sabiéndote.

Profundamente perdido en ti
Son tus labios en los míos,
Tus palabras en papel periódico,
Tus mensajes
Y tu risa intensa y sencilla.

Profundamente enamorado de ti
No quiero que nadie me rescate.

Arturo Lizarraga Osorio

martes, 11 de agosto de 2009

Ticuman 01

El sol sobre el asfalto, la maleza en el costado, plantíos de caña en los cristales de un auto que nos llevaba cada fin de semana al mismo destino. No puedo borrar de mi mente los viajes entre el calor y la música, con mi padre en el volante en una carretera de ida y vuelta cruzando pueblos morelenses. A veces no encuentro palabras para agradecerle tantos sábados grabados en el sentimiento y en la nostalgia. Solo estas breves palabras que se contagian de azul, verde, nubes y Neil Diamond.

Arturo Lizarraga Osorio

lunes, 10 de agosto de 2009

ASS No.1

Cigarro de madrugada
Rock y cerveza
Alas ardiendo en infiernos
Sobre un cielo prometido.

Guitarra y Batería
Inercia autodestructiva
Velocidad en las manos
Entre ayer y mañana.

Menos que antaño
En medio de todo.

Manos envejecidas
Objetos empolvados
Rimas secas
En árboles de otoño.

Acordes desvelados
Sobrevivencia sobre alerta
Sobredosis.

Arturo Lizarraga Osorio

miércoles, 5 de agosto de 2009

Superman

“ Nunca he sido un hombre de plegarias, pero si estas en el cielo !Ayúdame Superman!...”
Homer Simpson

Las historias se me habían acabado, tratar de inventar alguna es muy difícil cuando no se puede vivir en carne propia. Alguien me había comentado de una ciudad que se llamaba Metrópolis, decían que sucedían cosas extraordinarias y que en dicha ciudad convivían diversos seres que se hacían llamar superhéroes, así que me di a la tarea de buscar un vuelo con destino a Metrópolis, un suceso así no puede dejarse pasar y tenia que verificar si eran ciertos tan fantásticos relatos de hombres voladores.

El vuelo salio con normalidad de la Ciudad de México hizo escala en Atlanta y en unas horas el avión sobrevolaba el destino final. El letrero de abrocharse los cinturones se había encendido y el piloto nos había pedido que siguiéramos las instrucciones de seguridad para el aterrizaje. De pronto falto ruido, como cuando al sonido estereo se le descompone una bocina y solo se escucha la música de un lado. Algo no estaba bien, las azafatas corrieron a la ventanilla más cercana a su lado izquierdo y regresaron a sentarse a sus asientos y a abrocharse los cinturones de seguridad con celeridad.

De pronto, se volvió a escuchar la voz del Piloto en el altoparlante del avión.

-Señores estamos experimentando dificultades técnicas, por favor permanezcan sentados y en calma. Intentaremos un aterrizaje forzoso.

¿Cómo se le ocurre pedirnos calma cuando corremos el riesgo de desplomarnos a miles de kilómetros de altura? ¿A caso esta drogado?

De pronto se escucho la voz de una viejita al fondo:

-No se preocupen, Superman nos va a salvar.

Los rostros de todos dentro del avión cambiaron de angustia a tranquilidad, el héroe prometido vendría a sacarnos de la dificultad, en cuestión de segundos estaríamos a salvo protegidos por su azul y rojo.

Los motores dejaron de oírse, el avión vibraba cada vez más, las turbulencias empeoraban y los segundos pasaban. El silencio era una tensa calma en espera de tan afamado Superhéroe…

Nada paso, el Superhéroe jamás apareció, la habilidad del piloto nos rescato y aunque el avión con dificultades aterrizo en la pista, cerca estuvimos de tener un percance peor.

Arturo Lizarraga Osorio

martes, 4 de agosto de 2009

Perdóname Diosito

La angustia nos había llegado hasta el cuello, sobrevivir de aire y buena voluntad no era una opción viable, sobre todo cuando el tiempo se le va a uno entre la decepción y el hambre. Ya habíamos platicado el “Gordo” y yo sobre el método a seguir, seria rápido y seguro, no queríamos herir a nadie, solo necesitábamos lo justo para unos tacos.

Las pistolas nos las prestó el “Juan” un carnal que trabaja en la AFI y que es “a toda madre”, le prometimos que no haríamos mal uso de ellas, que solo queríamos alivianarnos. El “Juan” agarro la onda y nos hizo el paro.

El objetivo, la carnicería de Don Jacinto, la verdad la escogimos porque el viejo era bien ojeteé y siempre daba la carne con precios inflados. Se aprovechaba que en la colonia era la única carnicería a la que podía ir la gente y la otra opción era tomar dos camiones y caminar 2km para llegar al supermercado más cercano “Mendigo ruco”. A final de cuentas nos dijimos, ladrón que roba a ladrón tiene cien años de perdón.

Todo iba chido, el “Gordo” parecía un profesional para ser su primera vez, Don Jacinto nos había dado su venta del día que eran como quinientos varos, ya con eso nos alivianábamos toda la semana. Ya íbamos para afuera cuando escucho que la chota me grita a mis espaldas, del susto me quede inmóvil, y la pistola se me callo a la banqueta. Cuando voltee de reojo, solo vi volar al “Gordo” sobre uno de los policías, el otro quiso detenerlo con un grito, pero los gritos no hieren. Cuando vi al gordo golpeando al policía mientras el otro le apuntaba con la pistola, no pude más que entrarle al quite, no iba a dejar que se lo “chingaran” a él mientras yo corría asustado, luego que le iba a decir a su vieja y a sus chavos.

“Perdóname Diosito”

Me le avente al otro policía, nunca se lo espero, se callo al suelo y su pistola fue a dar debajo de la patrulla. Antes de que se diera cuenta, le atice el primer “madrazo” en la cara, su cabeza reboto en el pavimento, haciendo un sonido hueco de susto. Ya había empezado y no podía pararme. Tire golpe tras golpe, mis puños eran un huracán produciendo golpes en línea. Nunca me di cuenta de cómo paso en realidad, solo recuerdo que me detuvieron más de un par de brazos, que cuando voltee el “Gordo” ya no estaba, mis manos estaban hechas de carmín y muerte y que sobre el asfalto yacía el cuerpo inmóvil del policía. No lo quise matar solo quería poder comer el resto de la semana.

Arturo Lizarraga Osorio