martes, 28 de diciembre de 2010

Nunca me ha gustado andar sin lentes oscuros

Nunca me ha gustado andar sin lentes oscuros, se que es una falta de respeto, pero la fuerza de la naturaleza me impulsa a ese hábito poco convencional y que muchos juzgan más como una postura esnobista que se pierde en el kitsh. La verdad es que no me gusta mirar sin lentes porque alguien se pude meter por mis ojos a mis sueños. Son escasas las ocasiones en que me despojo de los anteojos de sol y cuando esto sucede siempre me coloco los lentes para leer, no por lo que llegue a necesitarlos sino por ese temor de tener expuestos mis sueños ante el otro. Ocasionalmente en la Iglesia o en la soledad de mi cuarto se me puede ver con la mirada desnuda pero lejos de esos casos siempre se detendrán de mi nariz unas gafas defendiendo mi vista.

Un día de descuido salí de la casa apurado por el tiempo, tenia una cita en la zona industrial de la ciudad y no podía permitirme un retraso. En cuanto pude poner un pie afuera coloque mis gafas frente a mis ojos, abrí la pequeña reja negra de mi hogar y me dispuse en los brazos de la fortuna. Subí en camiones, transborde de una calle a otra, deje paisajes de concreto desgastado entre mis costados y ya casi llegando a mi destino descubrí que debía de atravesar la avenida que me separaba del No. 696 de Eudígenes Moreno. El tránsito era ágil y fluido por lo que aventurarme a cruzar a pie esa avenida significaría un reto de destreza y un desafío a la suerte.

A lo lejos alcance a divisar uno de esos cruces peatonales subterráneos, me encamine a él y conforme me acercaba los restos de basura se hacia más prominentes, el olor a heces fecales y a orina se agudizaban, y el zumbar de las moscas era un líquido ritmo que se escurría en el espasmo. La oscuridad que reinaba por las escaleras a penas era interrumpida por débiles parpadeos de una luz ámbar. Cuando llegue delibere por unos segundos sobre la seguridad, como si calculara la propensión de fallecer atropellado al cruzar la avenida o de sucumbir en los brazos de ese legado de horror urbano. Pero bueno, ya estaba ahí, que podía ser peor si no contaba con un ordenador que hiciera de mis cálculos una decisión acertada.

Puse un pie en el primer escalón todavía dudando de mi proceder, llegue al segundo peldaño, habría de despojarme de mis lentes en algún momento, seguí bajando y comencé a buscar entre mis ropas las gafas para ver (el intercambio obligado), busque en los bolsillos del saco, en el pantalón, en la camisa, adentro del portafolio, entre los papeles, a un costado del i-pod, en el intrincado cabello. Cuando termine mi búsqueda ya estaba en las entrañas del túnel… cuando termine mi búsqueda recordé mi olvido. Replegado por la oscuridad, rodeado por la fétida consecuencia de la inmundicia, la única opción era despojarme de los lentes y cruzar con la mirada pelona ese breve despojo de cloaca humana.

A paso apresurado me abrí una brecha entre la penumbra y las paredes desbordadas de restos, ratas atravesaban con sedimentos entre sus dientes y el tronar de las cucarachas se turbaba bajo la presión de mi andar. Ya casi al final, cuando la fetidez se mezcla con el aire del otro extremo una silueta se alzo de entre los bultos de desechos. Era esa silueta enclenque, deteniendo su curvatura en el aire, escarbando su cabellera grasosa y piojosa, exponiendo su piel arrugada en un promisorio ilustrativo de vejes, titiriteando sus encías deshabitadas. Era esa silueta de anciana observándome con recelo, vigilando vertiginosamente mi caminar, como si por algún motivo me fuera a llevar una de las latas viejas o uno de los pañales tirados por todos lados. Ese era su mundo y yo era un intruso en él.

Cuando ya estaba a punto de salir, esa silueta costrosa y deslavada volteo a verme a los ojos, directamente a los ojos, y aunque lo quise, no pude evitarlo, era muy tarde la mugrienta vieja se había atrevido a mirar a mis ojos pelones, desprovistos, indefensos. Me apresure por las escaleras de salida y me prometí no darle importancia a tan nefasta anécdota. El resto del día transcurrío con normalidad y salvo que procure todo el día buscar un pretexto para ocultar la mirada, nada fue de relevancia como para borrar esa imagen de infierno bajo asfalto.

Por las noches sentía que descansaba, pero por las mañanas vestigios de sudor sobre mi almohada fueron una constante desde aquel encuentro desagradable. No tendría que preocuparme demasiado salvo que desde ese día me despertaba con el presentimiento de que un ajeno se sentaba a mi lado.

A la cuarta semana(cuando mi pernotar era un incomodo dormir) la pude ver de nueva cuenta, era es silueta poluta, senil, estaba en el rincón inferior de mi sueño no se movía mas que para mecer esa maraña grasienta sobre su cabeza. Me miraba con el mismo recelo que me miro ese día, con su boca péstida y su olor funil compartiendo mi tiempo de descanso. Al despertarme al otro día, descubrí un mecho de canas en mi cabello, de esos cabellos blancos que se ven desde una milla de distancia.

Así se sucedieron las noches, los sueños dejaron de serlo, la vieja era un decorado permanente al disponerme al reposo. Alguna vez intente perseguirla, corrí con todas mis fuerzas pero la mugrosa se alejaba como postrada sobre una banda transportadora o una alfombra mágica haciendo mi labor imposible.

Cada vez que me despertaba, una nueva arruga, una nueva cana, un nuevo malestar se aposentaba sobre mi cuerpo.

Volví a intentar atraparla, esta vez llegue a ella pero al querer tomarla mis brazos se cargaron en una consistencia de hule que con lentitud y con desobediencia hicieron de mi objetivo un martirio de pesadilla.

Al poco rato los achaques, los pulmones se avejentaron, el riñón se contrajo, mi cuerpo de 30 años en unos meses se hizo el santuario de enfermedades de un señor de 120 años.

En otra ocasión, una pistola se postro en mi puño y todo el tiempo fue un tiroteo de fuego con trayectorias improbables. Le he atizado con una hacha, la he enfrentado de todas las formas inimaginables y la silueta no es más que un esquivo profóculo que se esconde inalterable en mis sueños.

Tengo tiempo sin dormir, fármacos y voluntad me han ayudado. Un café, una píldora, un red bull, otra píldora, más café, ya el sueño se me ha pegado y si no me avejento por dormir me estoy avejentando por no hacerlo. Cierro los ojos, los abro de inmediato. Cierro los ojos, los abro de inmediato y la silueta ya no se si existe si estoy dormido o si estoy despierto.

martes, 21 de diciembre de 2010

Desde el smartphone.

Este no es uno de mis relatos más notorios, para muchos resultara fársico e ilusorio, lleno de palabras inexistentes y de hechos fantasiosos. Sin embargo, en algún momento del día me vi obligado a reducirme a esta forma unidimensional sustraída en dígitos.

Todo comenzó hace ya unas semanas. Tenía un tiempo buscando trabajo, y si he de ser honesto, ya me apremiaba un poco el hambre, por lo que lo importante, ya no eran las condiciones, sino el hecho. Fue así como una tarde me sonó el móvil para informarme que me acababan de dar una plaza en una compañía al norte de la ciudad.

Tal vez no era el trabajo soñado, vamos, no era el trabajo soñado, habría que cruzar a diario toda la ciudad, la paga alcanzaría a penas a cubrir mis necesidades básicas y el rango jerárquico de mi puesto no correspondía a la altura de mi currículo. Pero ¿Qué hacerle?, un trabajo cuando se tiene hambre, siempre es un trabajo.

Al entrar, note algo extraño entre las paredes del edificio. Aunque todos sonreían en un afán de primer agrado, entre ellos se movía una especie de nube, un grisáceo contemplado de tristeza y de desaventura. Como si por mucho tiempo hubieran permanecido atados a las mismas condiciones de una rutina cíclica, mélmica, poliproleada. Parecía que todos padecieran la misma nostalgia burocratizada, una resignación que anhelaba, con afán en desventaja, los días anteriores a entrar a ese edificio. Lo más extraño de todo es que cuando uno los veía, lucían centenas inmóviles en esos cubículos de conglomerado y alfombra industrial. Sin embargo, cuando uno les preguntaba, ninguno tenia más de dos meses de haber entrado a laborar ahí. Pero bueno, supuse que esta condición se debería a el cansancio de la carga de trabajo, nada a que darle importancia.

Mi primer día, transcurrió rápido, quizá, más rápido de lo que esperaba, cursos de introducción, prohibido fumar, y dos que tres tonterías de las cuales no guardo registro. Al segundo día un breve recorrido por las instalaciones, y si algo llamaba la atención era la arquitectura, que más que ecléctica correspondía a un abigarrado de confusiones, a pasillos forzados, a escaleras escondidas que nunca existieron, a cuartos no correspondidos y a escritorios mal distribuidos. No era un óptimo de espacios y eso saltaba a la vista como una covacha maldita. Para el tercero y cuarto día nada que destacar, unas cuantas tareas que no requerían de un esfuerzo mayor.

Para la siguiente semana comenzó todo a tomar una forma disonante, acarmentada, corroída en cada uno de los caracteres. Primero fueron los ruidos extraños, el abrir y el cerrar de la puerta sin razón aparente, el encendido automático de las luces en lugares donde no había nadie. No tarde en enterarme de que en le edificio habitaba un fantasma, o por lo menos eso decían, había incluso quienes aseguraban que en los videos de seguridad se observaba este ente danzando libremente por diferentes pisos, sonriendo por todas partes. Yo no quise darle importancia a un mito de oficina solventado por rumores generales. Mas, al poco tiempo, un mórbido impulso me hizo googlear la dirección del edificio, y después de mucho tiempo distraído de mis obligaciones, encontré en los registros de la hemeroteca local un pdf en donde se hacia constancia de sucesos ocurridos en la misma dirección hace más de 50años.

El Universal

24 de febrero de 1959.- El día de hoy en el domicilio ubicado en la calle de Carlos Arellano No. 14, un homicidio múltiple a tenido lugar, el deceso de la familia Covarrubias ha impactado a la sociedad local.

De acuerdo a reportes preliminares, el señor José Covarrubias, la señora Mariana de Covarrubias y su hija Stephany Covarrubias, fallecieron por diferentes circunstancias la madrugada de este sábado en su casa de campo a las afueras norte de la ciudad.
Con forme al peritaje, el señor Covarrubias dio fin a la vida de su esposa con un arma punzo cortante, para posteriormente suicidarse con una pistola calibre 35mm, poco después de haber iniciado un incendio en el interior de la casa. La pequeña Stephany quien dormía en esos momentos en su alcoba fue la última en fallecer victima del fuego.

Esos eran los hechos que precedían el mito, al rumor general que seguramente producía que todos los compañeros de trabajo abogaran por la veracidad de que una niña era quien procuraba los sustos y los hechos extraños dentro del edificio. Yo por mi parte me figuré que se debía a la arquitectura que dejaba corrientes de aire y duelas flojas, a fallas en los sistemas de iluminación, nada ilógico o paranormal, pero que sin lugar a dudas mezclados con los hechos acontecidos aquí hace algunos años daban carácter a creencias sobrenaturales.

Fueron pasando los días, y nunca deje de ver esos rostros aletargados y carcomidos del primer día, los pasillos no dejaron de parecerme extraños y la insurrección de los espacios era un atentado contra el confort. No podía acostumbrarme del todo, pero como ya dije, un trabajo es un trabajo y nunca habrá que mirarlo con mala gana. Dentro de mis actividades diarias, tenía que entrar todos los días a un cuarto lleno de papelería y activos de oficina de esos que los inútiles les da a bien robarse para que sus hijos los presuman en la escuela. Era un pequeño sitio de paredes blancas, de alacenas y de estantes, contrarrestado por un bulto de tiliches atiborrados en una esquina e iluminado por una pequeña ventana protegida por una malla contra palomas.

No sé, si por coincidencia o por destino, nunca entraba solo a ese cuarto, siempre alguien me acompañaba, por lo general mis acompañantes iban en búsqueda de esos ridículos tesoros para sus vástagos. Al entrar al cuarto, siempre note una paloma gorgoteando en el mismo lugar, en la misma nota, al mismo tiempo. Una ocasión, no estaba nadie alrededor y yo decidí ir rápidamente a hacer mis tareas antes de que alguien amablemente se ofreciera a achaperonarme. Para no perder la costumbre, al entrar a la habitación, a esa reducida habitación de paredes blancas de manicomio, la paloma hizo su canto habitual y tras de él la puerta azoto sin reproche, apresurado por mis tareas y por el afán de terminar pronto, no di importancia mientras dirigía mis esfuerzos al interior de una de las alacenas negras. Me encontraba, ambiguo en las labores cuando un frío poco común invadió el cuarto, como una corriente de invierno danzando a pasos apresurados por todos los rincones. - Habré de ponerme la chaqueta.- Pensé a mis adentros.

Una vez terminado mi trabajo en aquella alacena desabastecida de sentido, me dispuse a regresar a mi lugar: cerré el armatoste, recogí los cachivaches y tomé dirección a la puerta que por primera vez desde que inicie a laborar estaba cerrada. Abrí la puerta y cuando di un paso afuera, fue como si diera un paso adentro, otra vez estaba en la misma habitación, con el mismo gorgorear de la paloma. Alguna broma me estaba jugando el estrés que en lugar de salir volví a ingresar. Me fije bien y fue cuando por primera vez se postro frente a mí, su rostro lúgubre, sus ojos emancipados por el fuego, su piel momificada por la persistencia de un tiempo canjeado en espanto. Era la niña, parada en un rincón de la habitación. Mirando sin mirarme, socavando mi esperanza en un susto que calaba hasta la conciencia. Tenía que estar alucinando, debería de salir de nuevo, tenía que salir. Jale la puerta de nuevo, di un paso para fuera y una vez más estaba adentro, y una vez más la paloma, y una vez más la niña apersonada en el mismo rincón, con la misma descripción inmutable como si fuera un circuito tambaleante. –pronto abre la puerta, no dejes que el miedo te confunda, ahora si pisa pa´fuera- me dije en un intento de controlarme.

Una vez más, abrí la puerta, empuje mi cuerpo con todas sus fuerzas y el paso afuera se fue adentro. El cuarto se repetía, cuantas veces fuera necesario con la paloma y su infante espectro decorado en la misma descripción de siempre.

Llegue a pensar que la arquitectura abigarrada sería la causa de tan desafortunado caso, así que observe la pequeña ventana, rompí la malla introduje mi cuerpo al exterior y caí en el interior del cuarto y la paloma volvió a gorgorear y la niña no se mueve. Lo he intentado todo, introducirme en las alacenas, tirar la estantería, abrir la tabla roca y siempre que doy un paso afuera estoy adentro y siempre se repite la habitación y siempre es la paloma y siempre es la niña que me mira con su expresión calcinada. Llevo aquí un día interminable, repetido en la misma hora, en el mismo instante. Acabo de encontrar mi smartphone y de ahí es que saco este mensaje, si entras al cuarto, procura buscarme para ver si ahora si mi paso para afuera no se vuelve un paso para adentro interminable.