Nunca me ha gustado andar sin lentes oscuros, se que es una falta de respeto, pero la fuerza de la naturaleza me impulsa a ese hábito poco convencional y que muchos juzgan más como una postura esnobista que se pierde en el kitsh. La verdad es que no me gusta mirar sin lentes porque alguien se pude meter por mis ojos a mis sueños. Son escasas las ocasiones en que me despojo de los anteojos de sol y cuando esto sucede siempre me coloco los lentes para leer, no por lo que llegue a necesitarlos sino por ese temor de tener expuestos mis sueños ante el otro. Ocasionalmente en la Iglesia o en la soledad de mi cuarto se me puede ver con la mirada desnuda pero lejos de esos casos siempre se detendrán de mi nariz unas gafas defendiendo mi vista.
Un día de descuido salí de la casa apurado por el tiempo, tenia una cita en la zona industrial de la ciudad y no podía permitirme un retraso. En cuanto pude poner un pie afuera coloque mis gafas frente a mis ojos, abrí la pequeña reja negra de mi hogar y me dispuse en los brazos de la fortuna. Subí en camiones, transborde de una calle a otra, deje paisajes de concreto desgastado entre mis costados y ya casi llegando a mi destino descubrí que debía de atravesar la avenida que me separaba del No. 696 de Eudígenes Moreno. El tránsito era ágil y fluido por lo que aventurarme a cruzar a pie esa avenida significaría un reto de destreza y un desafío a la suerte.
A lo lejos alcance a divisar uno de esos cruces peatonales subterráneos, me encamine a él y conforme me acercaba los restos de basura se hacia más prominentes, el olor a heces fecales y a orina se agudizaban, y el zumbar de las moscas era un líquido ritmo que se escurría en el espasmo. La oscuridad que reinaba por las escaleras a penas era interrumpida por débiles parpadeos de una luz ámbar. Cuando llegue delibere por unos segundos sobre la seguridad, como si calculara la propensión de fallecer atropellado al cruzar la avenida o de sucumbir en los brazos de ese legado de horror urbano. Pero bueno, ya estaba ahí, que podía ser peor si no contaba con un ordenador que hiciera de mis cálculos una decisión acertada.
Puse un pie en el primer escalón todavía dudando de mi proceder, llegue al segundo peldaño, habría de despojarme de mis lentes en algún momento, seguí bajando y comencé a buscar entre mis ropas las gafas para ver (el intercambio obligado), busque en los bolsillos del saco, en el pantalón, en la camisa, adentro del portafolio, entre los papeles, a un costado del i-pod, en el intrincado cabello. Cuando termine mi búsqueda ya estaba en las entrañas del túnel… cuando termine mi búsqueda recordé mi olvido. Replegado por la oscuridad, rodeado por la fétida consecuencia de la inmundicia, la única opción era despojarme de los lentes y cruzar con la mirada pelona ese breve despojo de cloaca humana.
A paso apresurado me abrí una brecha entre la penumbra y las paredes desbordadas de restos, ratas atravesaban con sedimentos entre sus dientes y el tronar de las cucarachas se turbaba bajo la presión de mi andar. Ya casi al final, cuando la fetidez se mezcla con el aire del otro extremo una silueta se alzo de entre los bultos de desechos. Era esa silueta enclenque, deteniendo su curvatura en el aire, escarbando su cabellera grasosa y piojosa, exponiendo su piel arrugada en un promisorio ilustrativo de vejes, titiriteando sus encías deshabitadas. Era esa silueta de anciana observándome con recelo, vigilando vertiginosamente mi caminar, como si por algún motivo me fuera a llevar una de las latas viejas o uno de los pañales tirados por todos lados. Ese era su mundo y yo era un intruso en él.
Cuando ya estaba a punto de salir, esa silueta costrosa y deslavada volteo a verme a los ojos, directamente a los ojos, y aunque lo quise, no pude evitarlo, era muy tarde la mugrienta vieja se había atrevido a mirar a mis ojos pelones, desprovistos, indefensos. Me apresure por las escaleras de salida y me prometí no darle importancia a tan nefasta anécdota. El resto del día transcurrío con normalidad y salvo que procure todo el día buscar un pretexto para ocultar la mirada, nada fue de relevancia como para borrar esa imagen de infierno bajo asfalto.
Por las noches sentía que descansaba, pero por las mañanas vestigios de sudor sobre mi almohada fueron una constante desde aquel encuentro desagradable. No tendría que preocuparme demasiado salvo que desde ese día me despertaba con el presentimiento de que un ajeno se sentaba a mi lado.
A la cuarta semana(cuando mi pernotar era un incomodo dormir) la pude ver de nueva cuenta, era es silueta poluta, senil, estaba en el rincón inferior de mi sueño no se movía mas que para mecer esa maraña grasienta sobre su cabeza. Me miraba con el mismo recelo que me miro ese día, con su boca péstida y su olor funil compartiendo mi tiempo de descanso. Al despertarme al otro día, descubrí un mecho de canas en mi cabello, de esos cabellos blancos que se ven desde una milla de distancia.
Así se sucedieron las noches, los sueños dejaron de serlo, la vieja era un decorado permanente al disponerme al reposo. Alguna vez intente perseguirla, corrí con todas mis fuerzas pero la mugrosa se alejaba como postrada sobre una banda transportadora o una alfombra mágica haciendo mi labor imposible.
Cada vez que me despertaba, una nueva arruga, una nueva cana, un nuevo malestar se aposentaba sobre mi cuerpo.
Volví a intentar atraparla, esta vez llegue a ella pero al querer tomarla mis brazos se cargaron en una consistencia de hule que con lentitud y con desobediencia hicieron de mi objetivo un martirio de pesadilla.
Al poco rato los achaques, los pulmones se avejentaron, el riñón se contrajo, mi cuerpo de 30 años en unos meses se hizo el santuario de enfermedades de un señor de 120 años.
En otra ocasión, una pistola se postro en mi puño y todo el tiempo fue un tiroteo de fuego con trayectorias improbables. Le he atizado con una hacha, la he enfrentado de todas las formas inimaginables y la silueta no es más que un esquivo profóculo que se esconde inalterable en mis sueños.
Tengo tiempo sin dormir, fármacos y voluntad me han ayudado. Un café, una píldora, un red bull, otra píldora, más café, ya el sueño se me ha pegado y si no me avejento por dormir me estoy avejentando por no hacerlo. Cierro los ojos, los abro de inmediato. Cierro los ojos, los abro de inmediato y la silueta ya no se si existe si estoy dormido o si estoy despierto.
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