martes, 4 de agosto de 2009

Perdóname Diosito

La angustia nos había llegado hasta el cuello, sobrevivir de aire y buena voluntad no era una opción viable, sobre todo cuando el tiempo se le va a uno entre la decepción y el hambre. Ya habíamos platicado el “Gordo” y yo sobre el método a seguir, seria rápido y seguro, no queríamos herir a nadie, solo necesitábamos lo justo para unos tacos.

Las pistolas nos las prestó el “Juan” un carnal que trabaja en la AFI y que es “a toda madre”, le prometimos que no haríamos mal uso de ellas, que solo queríamos alivianarnos. El “Juan” agarro la onda y nos hizo el paro.

El objetivo, la carnicería de Don Jacinto, la verdad la escogimos porque el viejo era bien ojeteé y siempre daba la carne con precios inflados. Se aprovechaba que en la colonia era la única carnicería a la que podía ir la gente y la otra opción era tomar dos camiones y caminar 2km para llegar al supermercado más cercano “Mendigo ruco”. A final de cuentas nos dijimos, ladrón que roba a ladrón tiene cien años de perdón.

Todo iba chido, el “Gordo” parecía un profesional para ser su primera vez, Don Jacinto nos había dado su venta del día que eran como quinientos varos, ya con eso nos alivianábamos toda la semana. Ya íbamos para afuera cuando escucho que la chota me grita a mis espaldas, del susto me quede inmóvil, y la pistola se me callo a la banqueta. Cuando voltee de reojo, solo vi volar al “Gordo” sobre uno de los policías, el otro quiso detenerlo con un grito, pero los gritos no hieren. Cuando vi al gordo golpeando al policía mientras el otro le apuntaba con la pistola, no pude más que entrarle al quite, no iba a dejar que se lo “chingaran” a él mientras yo corría asustado, luego que le iba a decir a su vieja y a sus chavos.

“Perdóname Diosito”

Me le avente al otro policía, nunca se lo espero, se callo al suelo y su pistola fue a dar debajo de la patrulla. Antes de que se diera cuenta, le atice el primer “madrazo” en la cara, su cabeza reboto en el pavimento, haciendo un sonido hueco de susto. Ya había empezado y no podía pararme. Tire golpe tras golpe, mis puños eran un huracán produciendo golpes en línea. Nunca me di cuenta de cómo paso en realidad, solo recuerdo que me detuvieron más de un par de brazos, que cuando voltee el “Gordo” ya no estaba, mis manos estaban hechas de carmín y muerte y que sobre el asfalto yacía el cuerpo inmóvil del policía. No lo quise matar solo quería poder comer el resto de la semana.

Arturo Lizarraga Osorio

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