Mi mirada cansada y triste perdida en una línea de metro oblicua y extraviada. El sonido de un antiguo corrido olvidado en la armónica revolucionaria de un mendigo. Y los rostros ajenos de los pasajeros.
Los cristales pasan cual espejo divergente en un trayecto silencioso y afónico. Ya el dolor pesa tanto que el corazón amenaza con salirse por el alma.
La ciudad es un desierto de concreto llovido y yo recorro sus entrañas cual sigiloso espectador subterráneo.
Arturo Lizárraga Osorio
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