Esta historia ocurre antes del tiempo presente, incluso antes del tiempo pasado, cuando la tierra no era del hombre sino un planeta de imaginación, en aquel entonces existían reinos efímeros y criaturas magníficas, las plantas cantaban en el amanecer y la magia era un hecho irrefutable. En aquel entonces en medio de los continentes existía la tierra de los Gigantes, grandes seres involutivos e involucionados, su vida era simple, en una isla cargada de magnífica armonía. Lo tenían todo, ríos de cerveza y prados de frutas, volcanes llenos de miel y arboles de panes. Su lugar era colorido con los tonos de una primavera interminable, se canjeaba la vista de un lado a otro con el color del césped y la maravilla de la flora. Todas las noches se desprendía un aroma a calmada convivencia y se amanecía con la fragancia de nuevas oportunidades. Así era la tierra de los Gigantes, un páramo de paz sin errores posibles.
Entre las criaturas que habitaban con los Gigantes se encontraban unos pequeños roedores conocidos como los "Ritolingeos" eran unos diminutos ratoncillos con un rabito plano y redondo como raqueta, su pelaje era verde y sus tres cuernos alineados en la frente los hacia adorables. Estos pequeños roedores eran animales nocturnos, al ocultarse el Sol ellos salían, y comenzaban a producir un canto que solo es comparable a una marea de violines y de flautas. Como un viento suave sobre el campo, su canto se extendía por toda la tierra de los Gigantes y entonces los Gigantes sin persibirlo se acurrucaban en la factibilidad de este sonido y se quedaban dormidos. Una vez que estaban dormidos los Gigantes, los "Ritolingeos" se acercaban a ellos para alimentarse de una masilla que los Gigantes secretaban entre los dedos de sus pies, era dura como queso panela y tenía el contenido estable para que los "Ritolingeos" pudieran comer. Ellos la tomaban impasiblemente de los pies de los Gigantes y se la llevaban a sus arboles para poder comerla.
Nunca un Gigante había visto a uno de estos animalitos, de hecho no sabían de su existencia, los "Ritolingeos" eran cuidadosos de no despertar a los Gigantes y mientras ellos cantaran nunca los Gigantes se despertarían. Un día, un Gigante de nombre Barnog se quedó dormido sin poder merendar y su hambre fue tan grande que a mitad de la noche se despertó, entonces vio a un "Ritolingeo" tomando los quesillos de sus pies, el "Ritolingeo" quiso cantar más fuerte para que Barnog se quedara dormido, pero el hambre de Barnog era tan grande que no lo pudo lograr. Entonces Barnog tomo al "Ritolingeo" y sin reparo le encajo una mordida (más movido por su hambre de gigante que por su poca razón). Barnog descubrió en ese momento que el "Ritolingeo" tenía un sabor apetitoso como filete bien cocido y papa al horno, devoró al "Ritolingeo" sin contemplación, todavía no terminaba de degustarlo cuando vio que había otros "Ritolingeos" y Barnog quiso comerlos en ese momento, pero los "Ritolingeos" apresuraron su huida y pudieron mantenerse a salvo.
Durante un largo tiempo Barnog no volvió a ver a otro "Ritolingeo", sin embargo, vivía atormentado por el sabor de ese bocado nocturno, pensó durante mucho tiempo si aquello fue un sueño, pero su paladar lo convencía de lo contrario. Todas las noches se esforzaba por no quedarse dormido para descubrir si podía ver otro "Ritolingeo". Un día en su perseverancia, Barnog noto que suaves melodías llegaban a él antes de sucumbir ante el sueño, así que volvió a pensar en cómo no escucharlas y, si no las escuchaba, se quedariia sin dormir? esa era la pregunta que se hacía. Para probar su teoría, Barnog, tomo una rocas y se las colocó en los oídos antes de que el Sol se escondiera. Entonces no le dio sueño, no se quedó dormido y vi a los "Ritolingeos" de nuevo.
- No fue un sueño.
Se dijo Barnog a si mismo, estaba feliz de ver de nueva cuenta a estos roedores, pero sobre todo de paladearlos de nuevo. Barnog cual fiero cazador tomo cuantos "Ritolingeos" pudo y los puso en una caja de la cual no pudieran escapar. Al otro día se los mostró a sus amigos Gigantes y estos quedaron admirados, les contó que estas criaturillas salían en la noche y que arrancaban pedazos de sus pies, pero sobre todo les platicó de lo exquisito que sabían. Los demás Gigantes lo miraban con atención, con curiosidad y con un apetito abierto por probar el sabor de los "Ritolingeos". En cuanto dieron su primer mordida, quedaron extasiados por el sabor de los roedores, sus sentidos se maravillaron y la gula les gobernó las ideas.
- Queremos más.
Se repetían los Gigantes, y Barnog les platicó de su idea de las rocas en los oídos y del canto que los hacía quedarse dormidos. Esa misma noche los Gigantes se pusieron rocas en los oídos para no dormir y poder cazar cuanto "Ritolingeo" se les cruzara en el camino. Esa fue una noche larga pero productiva para los Gigantes, todos pudieron dar testimonio de que, lo que Barnog les dijo, era cierto. Todos felicitaron a Barnog por su descubrimiento y él se convirtió en el Gigante más popular de todos.
A partir de ahí, noche tras noche, los Gigantes, acostumbrados a tomar lo que querían de su entorno, se turnaban para cazar "Ritolingeos". Llego a ser uno de sus platillos favoritos y crearon nuevas formas de comerlos, salsas y condimentos para acompañarlos, recetas cada vez más elaboradas para prepararlos.
Pero una noche ninguno de los Gigantes pudo dormir, el canto que existía se había ido, y los Gigantes acostumbrados al sonido de los "Ritolingeos" no podían conciliar el sueño, toda la noche se la pasaron en vela buscando y quejandose, al otro día también les molestaban los pies, pues sus secreciones seguían ahí, nadie las había removido. Los "Ritolingeos" se fueron, se cansaron de ser comidos y se fueron, los Gigantes los buscaron, ya no para comerlos, sino para que regresaran a hacer la función que siempre hacían, para que regresaran a cantar y a arrullarlos, a comer de sus pies esos trozos duros como queso panela. Intentaron todo, beber leche tibia o poner una hoja de lechuga debajo de la almohada, mandaron llamar a Magos de otras tierras, pero sin el canto de los "Ritolingeos" ya no podían dormir más. Enviaron legiones de Gigantes a otras tierras para ver si podían encontrar más "Ritolingeos" pero no los volvieron a encontrar.
De esta forma, es como los Gigantes no duerme y por no dormir siempre están de mal humor, y el mal humor los hace caminar más, y caminar más los hace secretar más de los pies, y sin nadie que les quite la secreciones de los pies, entonces los pies les apestan a queso mal pasado y suero agrio. Esta es la historia de por qué a los Gigantes les apestan los pies.
Escrito por:
Arturo Lizárraga Osorio
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