Y ahí estábamos sentados los dos en una banca asoleada exponiendo nuestras inconformidades, entre sonidos de claxon y tarde indefinida. Y tantas cuestiones y tantos reproches. Nos llego la lluvia y dejamos a mitades las palabras, un dialogo inconcluso que solo es valido en nosotros. La tarde se hizo huida y ninguno de los dos dejo tiempo para despedirnos y me vine preguntando como recuperar el inicio, como revalidar el tiempo, como conciliar los desacuerdos.
Mi primer acto fue buscar entre Cortázar y Benedetti, entre Ginsberg y Shakespeare. Localizar a la mayor prontitud esas palabras del primer encuentro, regresar a mis capítulos predilectos, a la literatura que de tanto re-leer se hace verdad irrefutable.
Lo encontré, levante el teléfono y marque para buscarte, para dibujar tu boca con mi dedo, para coger el humo con los dedos, para decirte que la noche es larga y tengo frío, para hacer una vez mas palabras ajenas nuestra intimidad mas reciente. Y el auricular impávido fue la acción instantánea a mi intento, y sonó una vez, frío, indiferente; sonó dos veces, queriendo decirte; sonó tres, sonó cuatro, sonó indistinto y lejano hasta agotarce sus gemidos en mi intento.
Entonces me entere que ya no había más, que tenia que refugiarme de nuevo en este teclado, en este ordenador que sobrecargo de errores ortográficos y de expresiones inventadas, esperanzado a que en un descuido puedas leer esto y te enteres que te amo.
Arturo Lizarraga Osorio
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